Recordando la canción de Ricardo Arjona "Jesús es Verbo y no Sustantivo" me acordé de una estrofa que habla de una mujer llamada Doña Carlota, la "Santa" de toda la cuadra: la virtuosa de los adultos del vecindario y el diablo en la tierra de los muchachos; cada sector tiene su doña Carlota particular. Esta historia pertenece a los antes que tu y yo nacierámos; donde el respeto por ser adulto dominaba la razón, la educación y la lengua de los infantes que pueden ver de un principio lo que los adultos se niegan.

 

"El día que los muchachos celebraron la muerte de la Señora Cristina"

Cuento corto.

Es un asunto de Cristianismo, respeto, disciplina o simplemente ignorancia pero en aquellos tiempos, los niños y jóvenes, lo único que lamentaban de las revoluciones internas eran los días que tenían que permanecer "bajo llave" mientras las calles se volvían por momentos centros de batallas por el poder que aun no sabía a quien caer. Durante la invasión de los años sesenta los sectores más populares en la ciudad capital se volvían centros de entretenimientos y comunidades de personas que se auxiliaban unos con otros: si te faltaba un poco de azúcar o el arroz no te alcanzaba para dar a tu ejército de niños, hay siempre una mano que te sacaba del apuro. Más cuando las tasas de empleo iban en descenso y las empresas no abrían todos los días por miedo a alguna bomba o granada que lanzaran por una ventana para armar el caos.

Los padres se preocupaban porque el radio no tuviera baterías, el café se enfriara y los muchachos llegaran antes de las siete de la noche, que era cuando el toque de queda en toda la ciudad entraba en efecto hasta las seis de la mañana del día siguiente.

 ¿Los niños? Se preocupaban por aquel demonio que entraba en sus vidas todas las mañanas al amanecer y se ocultaba tras su biblia, su rosario y el ser adulta.

Nadie sabe de donde salió aquella misteriosa mujer que llevaba mas años que ellos nacidos en aquella zona de la ciudad. Escuchaban trazos incompletos que ella era la hija de un "Poderoso hacendado" y que su amargura venía de haber perdido todo su dinero y a sus padres luego de "La Caída" viendo como única alternativa rentar una pequeña casita en aquel populoso sector; otros hablan de una viuda amargada que no tuvo hijos nunca. Los niños y adolescentes no se sorprendían de verla todos los días sola, camino a la misa de las seis de la mañana y luego en la misa de las cinco de la tarde. Como siempre, se encamina con sus vestidos oscuros o totalmente blancos. Sus cabellos canos cubiertos por la mantilla en señal de respeto, la Biblia en la mano y el rosario en su cuello. Muchos les saludan con respeto y pocos pueden decir con seguridad que conocen a aquella enigmática mujer.

Solo los niños podían decirse que conocen a la Señora Cristina. Ninguno sabe que apellido lleva aquella mujer sola mente la conocen como "La bruja" de la esquina porque ese nombre es el que mas le va a la percepción de todos ellos y de las zonas aledañas.

Tenemos que aclarar que el respeto es tan importante para los padres de la zona tanto como la comida del medio día: el niño que encontrasen hablando mal de uno de los "Adultos" era castigado con una zurra, prohibirle jugar o escuchar su programa favorito en la tarde.  Doña Cristina sabiendo que su poder reside en ser uno de los adultos y probablemente no haber sido amantada cuando era una bebé inocente, se aprovecha de aquellas situaciones, volviendo la vida de aquellos niños en un verdadero infierno.

¿Qué pelota de la cuadra no fue víctima de la tijera o los cuchillos de esa mujer? Con una mirada de satisfacción no había otro placer mas grande para ella (excepto ir a la iglesia y confesarse con Dios de sus pecados) que delante de los chicos tomar las bolas de juego de los mismos y reventarlas con las tijeras o quitarles a las bolas de baseball la costura con un cuchillo. No está demás agregar que en tiempos de revoluciones internas y dos o tres días en un caos nacional, encontrar pelotas como aquellas era como buscar una aguja en un pajar.

Tampoco hablar que estamos hablando de tiempos que una pelota la cuidan como el objeto mas preciado, incluso más que el uniforme escolar.  Sabiendo que aquellos idolatrados instrumentos deportivos solo podían ser obsequiados en época de Santos Reyes o como parte de la campaña de "Deporte y Cultura" del gobierno de turno unos meses antes de la revolución. 

Por eso la maldición más grande de aquellos chicos es que las pelotas tomasen vida propia y terminasen en el jardín o sobre el techo de la casa de Doña Cristina.

¡Para colmos de males, siempre ese es caso!

No hubo una pelota que se salvara de aquella mujer. O un muchacho por lo menos. Los que se atrevían a aprovecharse de la ignorancia de la mujer de que habían traspasado sus puertas para tomar la pelota era un riesgo que no muchos tomaban: pero era eso o quedarse sin bolas en toda la zona. Doña Cristina se encargaba una vez se enteraba de su atrevimiento (o si percibía la presencia de alguien en su jardín -como demonio al fin podría darse cuenta del responsable)  iba a la casa del implicado y explicaba con su "Angelical" mirada de anciana afligida que el susodicho en cuestión tuvo el atrevimiento de robarle alguna calceta, romperle una rama de sus flores, tumbar sus ropas recién lavadas con la bola en cuestión o simplemente golpearle alguna parte de su cuerpo con la misma.

Las varas de ramas de matas o el temido cinturón marcaba alguna parte del muchacho una vez se cansaba de dar vueltas por la casa escapando el mismo de las manos de su tutor o si era lo bastante listo para cansar al susodicho padre o tutor; el caso terminaba con la suspensión temporal de las salidas del menor o su reunión con sus demás compinches por un buen tiempo y la  expropiación del artículo involucrado por un buen tiempo que era incautado en los armarios de los padres con una fuerte advertencia de que ocurriría si se extraía el mismo del mueble.

 Muchos deseaban el mal a la "Cristiana"

Y por otro lado Doña Cristina era admirada por los padres.

No importaba si usted juraba por lo mas sagrado - incluso sobre una Biblia- que Cristina fue la responsable que su pelota no regresara a casa o volviera hecha jirones. El asunto es que sus padres no le creían, y si le creían decían que usted se había buscado el problema.

Y la señora Cristina, iba a confesarse todos los días a la iglesia.

¡La Gloria y Venida del Señor iluminaría su puerta y sería bendecida con el paraíso eterno!

¡Amen!

Y la revolución continuaba.

Las semanas pasaban mas lentas que las anteriores.

Las siete de la noche era el toque de queda.

Cristina reventaba muchas pelotas hasta que dejó el sector con pocas que en realidad, nadie se atrevía a sacar por si ella la olfateaba.

Cuantos castigos.

Pero ella continuaba yendo a la iglesia y confesándose.

El 12 de julio, finalmente llegó: una mañana que comenzó normal hasta que el grito de terror comenzó a llenar las calles y las personas comenzaron a entrar a sus hogares y cerrar sus puertas y ventanas. Los soldados venían por la calle corriendo con metralletas en la mano. El sol se ocultó tal vez protestando los hechos violentos que se gestaban en aquella calle de aquella ciudad caribeña. Pronto los tiroteos comenzaron: Enfrentaban un grupo de rebeldes que habían tomado un edificio comercial como centro de operaciones y distribución de armas: Bombas caseras, metralletas antiguas e incluso unas cuantas bazukas un puñado de hombres enfrentaron con valentía a los soldados invasores mientras las casas entraba el olor a humo, los gritos de aquellos encerrados en el triángulo de intercambio de disparos y otras explosiones mas ruidosas que las anteriores. El aroma a pólvora dominaba el ambiente mientras muchos se escondían en los armarios y debajo de las camas por temor que los techos cedieran con las balas y las bombas.

Los más viejos, cansados ya de esconderse, simplemente se sentaban en las cocinitas de sus casas a escuchar la radio y fumar sus cigarrillos y pipas. Las emisoras clandestinas mas las oficiales inundaban el dial informando de los triunfos, derrotas, historias, victimas, héroes y cada informe que era necesario pasar mientras compartían los tiempos con los comerciales del momento que se concentraban en rones, pastas dentales y chocolates en tabletas.

Y así pasaron dos días.   Luego de un silencio un tanto perturbador, las puertas comenzaron a abrirse y las miradas tristes y curiosas a asomarse. Muchos casquillos de bala descansaban sobre las calles pedregosas y asfaltadas por tramos. Las paredes de concreto, testigos silenciosos de la trifulca mientras la sangre se veía por partes de aquellos caídos y de los que pudieron huir del mismo.

La tristeza y desesperanza se apoderaba del poco optimismo que quedaba.

¿Cuándo se acabaría aquellos tiempos violentos y reinaría nuevamente una paz relativa?

Y entonces ocurrió: un grito no de dolor pero si de satisfacción, reventó calle arriba. El júbilo sorprendió a muchos.

Era un chiquillo quien gritó -¡Se murió el Diablo! ¡Se ha muerto la señora Cristina!

Muchos desafiaron órdenes, mandatos, consejos y diligencias de los padres de que no salieran de las casas a pesar que todos los progenitores y tutores, desfilaron con excitación un tanto perturbadora a la casa de la "Cristiana" de la cuadra. Muchos lamentaron abiertamente el hecho de que un niño gritase aquella blasfemia. Otros prefieren guardar silencio.

Los muchachos fueron los primeros en alcanzar la casa de aquella mujer: ahí vieron con sorpresa y cierto desagrado facial - aunque sus mentes eran otra cosa- como la parte de enfrente de la casa estaba destrozada. Otra parte de la casa se encontraba consumida por las cenizas de lo que eran sus muebles y cortinas. De entre los escombros dos hombres se abren paso con rostros consternados y anuncian para sopesara de todos los adultos.  -Una de las bombas entró por la puerta abierta: el hedor nos dijo que estaba muerta...

Mientras unas mujeres exclaman en lamentaciones los chiquillos no pueden contener su emoción: elevan vítores para el "Héroe anónimo" que se encargó  de quitarles aquella mujer de su camino. Al no conocerles familia, la cuadra decide hacer colecta de lo poco que tiene y enterrar honradamente a la mujer en el cementerio que está a pocas esquinas de allí. El día del funeral mientras los adultos han amenazado a los chiquillos para que se comporten en el entierro, unos cuantos comenzaron al momento de bajar la caja fúnebre que contiene los restos inmortales de una mujer "Que experimentaba la cristiandad fielmente y al mismo tiempo, era el diablo encarnado" a lanzar pedazos de elementos que vaciaban de sus bolsillos; al preguntarles que era eso, uno responde.

-Me siento feliz porque al final Dios si supo quien era el cristiano de verdad y eso es un pedazo de la pelota que ella me rompió: Trabajé cinco semanas con un tío mío en el aserradero,  por esa pelota y solo le tomó a esa mujer diez segundos reventarla con una tijera y regresármela.  Al menos ahora nuestras cosas pueden descansar también. Ahí no entierran al Cristiano... ahí entierran a una persona que a Dios Imploraba y con el Mazo daba. Y lo peor que solo nosotros sabemos la verdad... mira como les lloran - Observando la gente adulta a su alrededor que solloza y hasta reza por el alma inmortal de la mujer mientras los chiquillos observan con burla y siendo reprimidos en aquel instante por los padres que no comprenden ni comparten la euforia de los niños mientras halándoles las orejas van replicando que su irrespeto es trabajo del demonio y es una señal del fin del mundo.